Andan a la greña desde hace tiempo un par de paisanos. Los dos conocidos en medios periodísticos y literarios. Uno defiende la mezcla de dos mundos, el de la realidad y la ficción. Otro, en cambio, exige a todo relato o una cosa o la otra.
Es ahí donde Cercas mezcla la realidad de uno hechos que ocurrieron, ciertamente, pero con la fabulación que el propio escritor le añade. El lector se pregunta ¿Dónde empieza la verdad? ¿Qué es ficción? Pero ese es, en definitiva, el juego que acepta el lector de la novela.
Cercas también ha llevado esas mezclas literarias a sus columnas en los periódicos, especialmente en El País. Puede contar que de joven anduvo por Texas, como nos ha narrado alguna vez. Que más tarde anduvo por la India. Que ejerció de médico en Buenos Aires. Que conoció a Truman Capote en un lujoso hotel de Palamós y que compartió con ellos mesa y mantel Màrius Carol. O cualquier otra verdad ¿o ficción? Esa mezcla, ese no saber dónde está el límite ¿Que es recreación? ¿Dónde me engaña? ¿Dónde es verdad? ¿Dónde fabula? Tal vez mienta, o no. Yendo al quid de la cuestión ¿Es aceptable todo ello en una página de opinión en un periódico?
Es en este instante cuando irrumpe el segundo paisano. Le llamaremos, puesto que es ese su nombre real, Arcadi Espada. Espada defiende, como periodista que es, que cualquier hecho narrado en un periódico debe ser verdad y contrastada. Es más, no permite que fabulen literatos en página de opinión. Todavía más. No acepta que se mezcle realidad y ficción ya que es una manera de engañar al público lector.
Pero el tema que nos ha traído hasta aquí no es baladí. ¿Dónde está la frontera entre la realidad y la ficción? ¿Debe aceptar un periódico columnas de opinión de literatos que juegan con verdad y ficción confundiendo al lector?
Independientemente de la ironía habitual en la última de Espada, por no decir cinismo con mala leche, el tema ha abierto polémica en la prensa ¿He de exigirle al literato la verdad? ¿Puede una columna de opinión falsificar datos o fabular con hechos en detrimento de la verdad? ¿Dónde está la frontera, el límite, la raya, acaso invisible, acaso intangible, entre una cosa y otra?
Creo, personalmente, que si leo una columna de cualquier escritor en la prensa, puede permitirse esta licencia por qué para eso es escritor-colaborador de ese medio de comunicación. Es decir, acepto que fabulen conmigo. Cuéntame una historia y no quiero saber la verdad. Lo puedo hacer con Cercas, Almudena Grandes, Javier Marías, Quim Monzó, Sergi Pàmies o cualquiera. Luego, claro está, me gustará, me lo creeré o no me importará si es verdad o no. Pero he de saber a quién leo y que es SU columna de opinión y que hace con ella lo que quiere, con su columna y también con el lector.